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La positividad tóxica es perjudicial para la salud mental y física del sujeto, que puede llegar a sentirse mal por no ser capaz de estar a la altura de lo que se le exige. Esta pressión constante provoca ansiedad y estrés, que a largo plazo pueden derivar en problemas más graves como la depresión o el burnout. Por tanto, es importante tomar consciencia de este problema y tratar de evitar caer en él.
Primero, la idealización de la felicidad continua no se genera en el siglo XXI, es
antes de eso. La positividad tóxica es un comportamiento desarrollado ya en la Segunda
Revolución Industrial, en el siglo XVIII, por el nacimiento del modo de producción
fordista, que trae el cobro de la ganancia a cualquier precio, sin tener en cuenta la
agotamiento físico y psíquico del trabajador, considerándolo un ser inanimado. En este sesgo,
el pensamiento que desprecia lo biológico humano es llevado a otras esferas,
extendiéndose a otras expresiones sociales como las artes – un ejemplo de esto se trae
varias veces en forma de sátira del cineasta Charles Chaplin, quien hace humor en sus
imágenes que muestran siempre ser feliz mientras se trabaja exhaustivamente en una fábrica.
Visto esto, se aclara que el ideal de felicidad es forzado desde hace siglos,
convirtiéndose en una construcción histórica que impregna el presente.
Además, esta utopía del entorno productivo logra mantenerse presente durante tanto tiempo porque
se propaga en nuevos medios, como Internet. es a traves de los medios
que en la contemporaneidad se comparten culturas y comportamientos, al igual que
la fordista de la rentabilidad, que utiliza el recurso de las campañas de marketing y
propaganda, para animar al trabajador a comprometerse más y, en consecuencia, a tener
poder adquisitivo para aumentar el consumo. Una ilustración de esto es la campaña de Nike “Sí,
lo haces tú”, que en su publicidad televisiva muestra a una mujer que logra
desempeñar perfectamente diversos roles como empresaria, madre, mujer casada, hacer
deportes y aún así ir a dormir con una sonrisa en la cara, que es la materialización de la mentalidad para
que asocia altos ingresos con felicidad. Así, mediante el uso de redes con alta
alcance, que la esencia histórica del positivismo tóxico sea compartida y reforzada en el
regalo.
Por lo tanto, la positividad tóxica no es nueva en el siglo XXI, pero su modo de propagación se renueva con cada generación, haciéndola presente a lo largo de la historia occidental moderna, la que utiliza medios tecnológicos para mantenerlo así. Sabiendo esto, la positividad ya no será tóxico.
La positividad es una conducta que se basa en forzar el predominio del sentimiento de felicidad en los demás, provocando un efecto nocivo en el sujeto, por no respetar que él sienta sus sentimientos de forma plena y natural. Tanta felicidad está presente en la vida cotidiana desde el siglo XIX hasta la industria y el consumidor de hoy, como resultado del ideal capitalista de incentivar la producción exhaustiva, que hoy se amplifica con el uso de las redes sociales. El positivismo tóxico es perjudicial para la salud mental y física del sujeto, quien puede sentirse mal por no poder cumplir con lo que se espera de él. Esta presión constante provoca ansiedad y estrés, que a largo plazo pueden derivar en problemas más graves como depresión o agotamiento.

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